La nariz que no quería tener razón
El olor que no estaba en ningún catálogo
Marcela Solórzano llevaba diecinueve años trabajando con la nariz. En su taller de la colonia Roma clasificaba esencias por familias —cítricas, amaderadas, florales blancas, animálicas— con la misma precisión con la que un músico distingue un semitono de otro. Podía nombrar, sin mirar el frasco, más de tres mil materias primas distintas. Nunca, en diecinueve años, se había topado con un olor que no pudiera describir con al menos una palabra conocida.
Hasta la noche en que se inclinó sobre Emilio para acomodarle la almohada y sintió, saliendo de su cuello, algo que no era el hospital, ni el suero, ni la medicación, ni el sudor de una fiebre. Era dulce, casi floral, pero con un fondo metálico que no encajaba con nada de su memoria olfativa —como si alguien hubiera mezclado jazmín marchito con el aire de justo antes de una tormenta eléctrica.
"Huele raro aquí adentro", le dijo a la enfermera esa noche, y la enfermera, que llevaba doce años en oncología, solo respondió que sí, que a veces pasaba, que era normal con los tratamientos. Marcela quiso creerle. Tenía, después de todo, más motivos que nadie para no confiar en su propio olfato en ese momento: llevaba semanas sin dormir bien, y el miedo, sabía, también tiene su manera de engañar a los sentidos.
Cuarenta y un días
Contó los días después, no antes —nadie cuenta los días mientras los está viviendo. Cuarenta y uno fue lo que duró Emilio entre el diagnóstico y la última noche: un cáncer de páncreas que ya venía avanzado cuando por fin dio la cara. Cuarenta y uno fue también, aunque Marcela no lo supo hasta mucho después, el número de veces que ese olor volvió a aparecer, cada vez un poco más fuerte, cada vez un poco más cerca de la piel y no solo del aliento.
La noche 39, ya no fue un rastro. Fue una presencia, como si el propio cuarto de hospital oliera distinto a como olía dos puertas más allá. Marcela se sorprendió apoyando la frente contra el cuello de Emilio, respirando hondo, tratando de encontrarle un nombre a algo que su nariz entrenada durante casi dos décadas se negaba a reconocer. Él la sintió, medio dormido, y le habló bajito, casi en broma:
Prométeme que no vas a tenerle miedo a tu propia nariz.
Murió dos noches después, un martes, con Marcela dormida en la silla junto a la cama. Durante meses, ella le atribuyó el olor a la enfermedad misma, a la quimioterapia, al desgaste de un cuerpo que se apaga por dentro. Fue la explicación más razonable, y la más fácil de vivir.
No volvió a pensar en eso, casi, hasta una madrugada de insomnio, tres semanas después del funeral, cuando —más por desesperación que por método— escribió en el buscador de su teléfono una frase que le sonó ridícula incluso mientras la tecleaba: "personas que pueden oler una enfermedad antes de que aparezca". Lo que encontró esa noche no era ficción ni superstición. Era un caso real, documentado, con nombre y apellido, y una palabra clínica que nunca había escuchado antes: hiperosmiaHiperosmia: sensibilidad al olfato muy por encima de lo normal, capaz de detectar concentraciones de una sustancia que la mayoría de las personas no percibe..
Ya pasó, y tiene nombre
Once años antes de que a su esposo Les le diagnosticaran Parkinson, la escocesa Joy Milne empezó a notar que su olor había cambiado —un aroma "a levadura", almizclado y desagradable, que ella no sabía nombrar. Cuando años después reconoció el mismo olor en otras personas con la misma enfermedad, se lo contó al investigador Tilo Kunath, de la Universidad de Edimburgo. Kunath la puso a prueba con camisetas usadas por pacientes de Parkinson y por personas sanas, sin decirle cuál era cuál: Joy acertó todas menos una —y la persona que ella marcó como enferma, sin que nadie más lo supiera todavía, recibió el diagnóstico real meses después.
Perdita Barran, de la Universidad de Manchester, retomó la investigación y confirmó que el olor viene de cambios reales en el seboSebo: sustancia grasa que las glándulas sebáceas de la piel producen de forma natural, y cuya composición química puede alterarse con ciertas enfermedades. de las personas con Parkinson. El objetivo ahora es convertir ese hallazgo en una prueba clínica de diagnóstico temprano, algo que todavía no existe fuera del laboratorio.
NPR, "Her Incredible Sense Of Smell Is Helping Scientists Find New Ways To Diagnose Disease" (2020)
El primer cliente después del silencio
Volvió al taller seis semanas después del funeral, no porque se sintiera lista, sino porque los clientes seguían llamando y el alquiler seguía venciendo cada mes. Su primera cita fue con Dora Betancourt, una mujer de sesenta y ocho años que llevaba comprándole perfumes personalizados desde hacía casi una década —una clienta que se había convertido, con los años, en algo parecido a una amiga.
Dora llegó como siempre: puntual, con el pelo recién peinado, hablando de un viaje que estaba planeando a Oaxaca para el mes siguiente. Se rió de una broma que ella misma contó dos veces, y en algún momento, sin que nadie se lo preguntara, dijo algo que Marcela recordaría durante meses:
Nunca me he sentido mejor, Marcela. Podría vivir cien años.
Estaba, por cualquier medida razonable, perfectamente sana. Y sin embargo, cuando se inclinó sobre la mesa de trabajo para oler una de las pruebas, Marcela sintió que el suelo del taller se movía bajo sus pies: ahí estaba otra vez. El mismo dulce marchito, el mismo fondo metálico. Idéntico al de Emilio, hasta en la intensidad.
Se disculpó, dijo que necesitaba un vaso de agua, y se encerró en el baño del taller durante casi diez minutos, con las manos temblando sobre el lavabo. Se dijo a sí misma lo que cualquier persona en su lugar se habría dicho: que el duelo hace cosas raras, que su nariz —su instrumento de trabajo, la parte de ella en la que más confiaba— finalmente se había roto por el estrés, y que asociar a una clienta sana con la muerte de su esposo era, sencillamente, un síntoma más del trauma. No dijo una palabra. Terminó la cita. Se despidió de Dora con un abrazo más largo de lo habitual, sin saber muy bien por qué.
Cinco días
Cinco días después, la hija de Dora llamó al taller para cancelar el pedido. Su madre había muerto esa madrugada, mientras dormía —una arritmia cardíaca repentina, según el certificado, sin ningún antecedente que la anunciara. Ningún médico, ninguna revisión reciente, nada había detectado nada. Dora simplemente se había ido, como se apaga una luz.
Marcela colgó el teléfono y se quedó mirando la pared del taller durante lo que le pareció una hora entera, aunque el reloj, cuando por fin lo miró, solo marcaba once minutos. Una coincidencia, se repitió, se puede vivir con una coincidencia. Dos, en menos de tres meses, con el mismo olor exacto en dos personas que no tenían nada en común más que estar a días de morir sin que nadie más lo supiera, ya no cabía en esa palabra, por más que ella se aferrara a ella como a un salvavidas.
Fue entonces cuando dejó de buscar explicaciones para lo que le había pasado a Emilio, y empezó a buscar, con un miedo distinto, si existía algo parecido a un método detrás de todo esto —si el olfato, entrenado lo suficiente, podía de verdad detectar algo que ni un análisis de sangre detectaba todavía.
Lo que sí ha probado la ciencia, y lo que no todavía
En 2022, un equipo liderado por Pierre Bauër revisó 62 estudios científicos publicados entre 2000 y 2021 sobre perros y ratas entrenados para detectar enfermedades por el olfato —cáncer de pulmón, mama, próstata, ovario y colon, además de tuberculosis, infecciones y hasta COVID-19. Lo que detectan son compuestos orgánicos volátilesCompuestos orgánicos volátiles (COV): moléculas que el cuerpo libera al aire —por la piel, el aliento o el sudor— y que cambian de forma medible cuando algo en el organismo no funciona con normalidad., moléculas que el cuerpo libera de forma distinta cuando algo, en su interior, ya no funciona como debería.
Los resultados fueron muy desiguales: algunos estudios sobre cáncer de pulmón lograron una precisión casi perfecta, mientras otros apenas superaron el azar. Los propios autores fueron honestos con el límite real de su hallazgo: solo 6 de los 62 estudios se hicieron en condiciones verdaderamente a ciegas, así que la ciencia todavía no puede confirmar, con el rigor que exigiría un diagnóstico real, qué tan lejos llega esta capacidad —en perros, o en cualquier nariz.
Lo que empezó a hacer sin decírselo a nadie
Durante los meses siguientes, Marcela desarrolló un hábito que nunca mencionó ni a su hermana, ni a su hija, ni a Renata, su empleada de más confianza en el taller: empezó a acercarse demasiado a la gente. Un abrazo un segundo más largo de lo normal. Inclinarse a "revisar" una bufanda o un cuello de camisa con una excusa cualquiera sobre una nota de perfume. Cada persona que quería se convirtió, sin que ellos lo supieran, en un examen.
Adelgazó. Dejó de dormir bien. Renata le preguntó dos veces si estaba enferma, y las dos veces Marcela respondió que solo era cansancio, que el negocio la tenía agotada. No podía explicarle a nadie que lo que la agotaba de verdad era vivir con una nariz que quizás sabía cosas que ella hubiera preferido no saber jamás —y no tener ninguna certeza de si de verdad sabía algo, o si simplemente se había vuelto loca de dolor.
No volvió a oler el aroma en nadie cercano durante casi seis meses. Empezó, casi, a convencerse de que Dora y Emilio habían sido, después de todo, una coincidencia cruel y nada más. Esa calma duró hasta una tarde de octubre, en un vagón del metro casi vacío, a las cinco y media de la tarde.
El desconocido de la fila 12
Iba sentada frente a un hombre joven, quizás de unos veintipico años, con audífonos puestos y una mochila de universidad entre los pies. Marcela no lo había visto nunca. No tenía ningún motivo para fijarse en él más que en cualquier otro pasajero. Y entonces, cuando el vagón se detuvo entre dos estaciones y el aire dejó de circular por un momento, lo sintió: el mismo dulce marchito, el mismo fondo de tormenta eléctrica, tan claro como si alguien se lo hubiera puesto bajo la nariz a propósito.
Se quedó paralizada durante lo que le parecieron los peores treinta segundos de los últimos ocho meses. Nunca, hasta ese momento, se había planteado en serio qué haría si le pasaba con un desconocido. Con Emilio no había hecho falta decir nada —ya estaba enfermo. Con Dora, se había quedado callada, y esa decisión la perseguía casi tanto como el propio olor. No iba a quedarse callada dos veces.
Cuando el joven se levantó para bajarse en la siguiente estación, Marcela lo siguió hasta el andén, con el corazón golpeándole el pecho más fuerte de lo que jamás le había golpeado por nada relacionado con su trabajo. "Perdona", le dijo, sin saber todavía qué palabras iba a usar. "Sé que esto va a sonar demente, pero por favor, hazte un chequeo del corazón esta semana. No un chequeo cualquiera, uno de verdad, con un cardiólogo."
El joven la miró como se mira a alguien que podría estar peligrosamente fuera de sí. "¿Quién te crees que eres?", le dijo, retrocediendo un paso, buscando ya con los ojos hacia dónde escapar de esa mujer desconocida que acababa de aparecer de la nada hablándole de su corazón. Se dio la vuelta y se perdió entre la gente de la escalera antes de que Marcela pudiera decir nada más.
Nunca supo su nombre. Nunca volvió a verlo. No tiene manera de saber si el chequeo ocurrió, si encontró algo, si no encontró nada, o si el joven simplemente borró el incidente de su memoria como se borra a cualquier desconocido perturbado del transporte público. Esa incertidumbre —no el olor en sí— es lo que más la persigue, incluso ahora.
Lo que todavía no sabe
Han pasado poco más de un año desde la muerte de Emilio. Marcela sigue trabajando en el mismo taller de la colonia Roma, sigue clasificando esencias por familias, sigue recibiendo clientes que no tienen idea de que, mientras huelen una prueba sobre la muñeca, ella también los está oliendo a ellos, sin que se note.
No ha vuelto a sentir el aroma en nadie más, al menos no con la certeza de aquellas dos veces. Hay tardes, sin embargo —cada vez más seguidas, si es honesta consigo misma— en que cree captar un rastro casi imperceptible de algo dulce y metálico al lavarse las manos, o al pasarse los dedos por el cuello antes de dormir, y no logra decidir si de verdad está ahí o si su propio miedo, después de tanto tiempo entrenándose para reconocerlo en otros, finalmente aprendió a inventarlo también en ella misma.
No se lo ha dicho a ningún médico. No sabría, dice, ni por dónde empezar esa conversación. Por ahora, solo sigue haciendo lo único que sabe hacer con una nariz que quizás ve demasiado: prestar un poco más de atención, un poco más de cerca de lo normal, a la gente que quiere.
Lo que sí puede reconocerse, sin necesitar un don
No hace falta un olfato extraordinario para notar que alguien querido se acerca al final. El personal de hospicio y cuidados paliativos está entrenado para reconocer señales físicas reales, documentadas por organizaciones como la Hospice Foundation of America: cambios en la respiración —incluida la respiración de Cheyne-StokesRespiración de Cheyne-Stokes: patrón respiratorio que alterna respiros rápidos y profundos con pausas de apnea, frecuente en las horas finales de una enfermedad grave.—, la piel de manos, pies, rodillas y orejas tornándose pálida o moteada, una capacidad de respuesta cada vez menor, y cambios bruscos de temperatura corporal.
- La respiración se vuelve irregular, con pausas entre respiro y respiro.
- La piel de manos, pies, rodillas y orejas se pone pálida, grisácea o con manchas.
- La persona responde cada vez menos y cuesta más despertarla.
- La temperatura corporal cambia de forma notoria, hacia arriba o hacia abajo.
Esta es una historia dramatizada de ficción. Marcela, Emilio, Dora y el joven del metro no existen, y ningún olfato humano —hasta donde sabe la ciencia hoy— puede predecir una muerte con la certeza de este relato. Pero la hiperosmia de Joy Milne, la investigación real sobre el olfato y la enfermedad, y las señales físicas que sí pueden reconocerse al final de la vida, son reales.
Hospice Foundation of America, "When Death Is Near: Signs and Symptoms"







