El Redondeo Del Farmacéutico
El cliente de los jueves
Rogelio Fermín llevaba diecinueve años detrás del mostrador de la Farmacia San Rafael, en la esquina de la avenida con la calle Duarte, el mismo local que heredó de su padre cuando este ya no pudo sostener el negocio por su propia salud. Conocía a casi todo el barrio por su nombre, su presión arterial y, muchas veces, hasta por los apodos con los que los llamaban sus propios vecinos. Sabía quién compraba pañales para un nieto que en realidad era hijo, quién pedía la pastilla más barata sin que nadie le preguntara por qué, y quién llevaba meses evitando la báscula de la farmacia por pura vergüenza.
Wilmer Bastardo llegaba todos los jueves, sin falta, a eso de las cinco de la tarde, todavía con el polvo de cemento pegado a los brazos y las botas de trabajo llenas de barro seco. Tenía cuarenta y seis años, trabajaba como maestro de obra en construcciones por toda la ciudad, y desde hacía cuatro años cargaba con hipertensión arterial y una diabetes tipo 2 que el médico del seguro popular le había diagnosticado casi por accidente, durante un chequeo de rutina que a Wilmer ni le tocaba hacerse ese mes. Tomaba losartán para la presión y metformina para el azúcar, dos veces al día cada una, sin las cuales —según le había advertido su médico más de una vez— corría un riesgo serio de terminar con una insuficiencia renal o un problema cardíaco antes de cumplir los cincuenta y cinco. Tenía esposa y dos hijos adolescentes, y una regla personal de la que hablaba poco: primero la comida y el colegio de los muchachos, después todo lo demás, incluida su propia salud.
El seguro popular le cubría las consultas y algunos estudios de laboratorio, pero no el cien por ciento de sus medicamentos de marca, y los genéricos más baratos, cuando los había, no siempre estaban disponibles en la farmacia del centro de salud que le tocaba por zona. No tenía seguro privado. El trabajo de construcción, por su propia naturaleza, iba y venía: unas semanas con contrato, otras sin nada, y las coberturas públicas nunca terminaban de alcanzarle para las dos medicinas que necesitaba tomar todos los días sin excepción, sin importar si esa semana había trabajado seis días o ninguno. Rogelio lo sabía desde la primera receta que Wilmer le llevó, con la letra del médico casi ilegible y la cara de quien ya está haciendo cuentas antes de llegar a la caja. Esa primera vez, Wilmer contó el dinero dos veces sobre el mostrador, como si repetir la cuenta pudiera hacer que alcanzara.
El redondeo que nadie pedía
La primera vez, Rogelio simplemente le cobró de menos. No fue un gesto planeado ni una decisión moral solemne: contó el efectivo que Wilmer tenía en la mano, hizo un cálculo rápido, y le dijo "quédate con eso, hoy salió más barato, cambiaron de distribuidor". Wilmer le agradeció sin sospechar nada y se fue con sus dos cajas de pastillas bajo el brazo.
La semana siguiente pasó lo mismo. Y la que siguió después. Rogelio empezó a ajustar el precio en la pantalla de la caja registradora antes de que Wilmer terminara de sacar el dinero del bolsillo trasero del pantalón, siempre con alguna excusa distinta a mano: una promoción que ya había vencido, un descuento por cliente frecuente que la farmacia nunca tuvo oficialmente, un "error" del sistema que solo él sabía corregir a su favor. Una vez, cuando el dinero de Wilmer alcanzaba justo para completar el precio real, Rogelio inventó una tercera excusa sin necesidad: le dijo que ese mes la farmacia estaba regalando frascos de vitaminas con la compra de antihipertensivos, y le metió en la bolsa un frasco que había comprado él mismo esa misma mañana en otra farmacia, para que no se notara la diferencia de empaque.
Hubo una tarde, meses después de empezar con esto, en que Wilmer estuvo a punto de darse cuenta. Revisó el recibo impreso con más cuidado que de costumbre, frunció el ceño ante el total, y le preguntó a Rogelio si el precio no le parecía demasiado bajo. Rogelio, sin perder el ritmo, le explicó que el gobierno había puesto un nuevo control de precios para medicamentos de uso crónico esa semana —una mentira completa, inventada en el momento— y Wilmer, que no tenía forma de verificarlo ahí mismo, asintió y se despidió como siempre.
Rogelio nunca le contó a nadie lo que hacía. Ni a su esposa, ni a su único empleado de turno completo. Simplemente restaba de sus propias ganancias, semana tras semana, el dinero que Wilmer no lograba completar, y lo apuntaba en una libreta vieja bajo la palabra "ajustes", como si fuera un gasto operativo cualquiera de la farmacia. Con los años, esa libreta acumuló los nombres de otros tres o cuatro clientes más, cada uno con su propia excusa asignada, cada uno sin saber que compartía la misma libreta con los demás.
Rogelio, Wilmer y la Farmacia San Rafael son personajes y un local inventados para este relato. Lo que sí es completamente real es la crisis de fondo que atraviesan: millones de personas, en distintos países, renuncian a parte de su tratamiento médico cada año simplemente porque no les alcanza el dinero.
Escarly y el celular
Escarly Objío tenía veintidós años y llevaba apenas dos meses trabajando como auxiliar de farmacia los fines de semana, mientras terminaba la carrera de Farmacia en la universidad. Había elegido esa carrera, en parte, por su propia abuela, que durante años había tenido que elegir entre comprar la insulina completa o dividir la dosis para que alcanzara más días de los que el frasco realmente permitía. Escarly conocía de primera mano lo que significaba hacer cuentas frente a un mostrador de farmacia.
Los jueves en la tarde le tocaba turno junto a Rogelio, y con el tiempo empezó a notar el mismo patrón repetirse: la mirada rápida de don Rogelio hacia la pantalla, el número que cambiaba justo antes de cobrar, la excusa distinta cada semana para el mismo cliente. Al principio pensó que era una promoción real. Después, cuando revisó el sistema de inventario un día que Rogelio salió a almorzar, entendió que no había ningún descuento registrado en ningún lado, ni en esa semana ni en ninguna de las anteriores. El dinero que faltaba salía, semana tras semana, del propio bolsillo del dueño, restado a mano de la caja chica antes del cierre.
No dijo nada durante varias semanas. Le parecía casi una falta de respeto interrumpir algo que don Rogelio claramente hacía con tanto cuidado de que nadie lo notara. Pero una tarde de jueves, viendo a Wilmer alejarse por la acera con sus dos cajas de medicinas bajo el brazo, sintió que esa historia merecía ser contada, aunque fuera de forma anónima. Sacó el celular y grabó los últimos veinte segundos de la transacción siguiente: la mano de Rogelio ajustando la pantalla con disimulo, la frase "hoy salió más barato" repetida casi con la misma entonación de siempre, y Wilmer agradeciendo sin sospechar nada, ya guardando las cajas en la bolsa plástica de la farmacia. Grabó el video de manera que el rostro de Wilmer no quedara completamente de frente a la cámara, pensando que bastaría para protegerlo, y lo subió esa misma noche con una descripción de una sola línea: "Mi jefe lleva años haciendo esto con el mismo cliente y él nunca se ha dado cuenta".
No calculó que el uniforme de trabajo de Wilmer, con el logo bordado de la constructora para la que trabajaba esa temporada, y el fondo reconocible de la fachada de la Farmacia San Rafael, serían más que suficientes para que sus propios compañeros de cuadrilla lo identificaran en cuestión de horas.
Wilmer se enteró del video por un compañero de obra que se lo mostró directamente en el celular, entre risas, durante el desayuno de un viernes. Se quedó mirando la pantalla en silencio más tiempo del que tardaba en comer, sintiendo una mezcla incómoda de vergüenza y algo parecido a la gratitud tardía. Esa misma tarde, antes de su hora de siempre, fue a buscar a Rogelio a la farmacia, todavía con la ropa de trabajo puesta.
—Don Rogelio, ¿usted sabía que hay un video mío ahí circulando? —le preguntó, sin saber muy bien cómo empezar la conversación.
Rogelio, que llevaba dos días evitando el tema con todo el que se lo mencionaba, admitió que sí, que Escarly se lo había contado, y que no sabía qué tanto le molestaría a Wilmer que su situación quedara expuesta de esa manera frente a tanta gente. Wilmer se quedó callado un momento, mirando hacia la calle a través de la puerta de vidrio.
—A mí no me da vergüenza necesitar ayuda, don Rogelio —dijo finalmente—. Lo que sí me hubiera gustado es que alguien me preguntara antes de subirlo. Pero ya que la gente lo vio, y ya que sirvió para algo más que para hacerme quedar mal, no voy a pedir que lo bajen.
Esa conversación, más que el video en sí, fue lo que llevó a Rogelio a hablar con Escarly esa misma noche sobre los límites de lo que debía y no debía grabarse dentro de la farmacia, sin que la buena intención terminara pasando por encima del propio consentimiento de la persona ayudada.
Lo que pasó cuando el video llegó a todo el barrio
En menos de una semana, el video superó el millón de reproducciones. Un canal de noticias local pidió permiso para retransmitirlo, y por primera vez Rogelio tuvo que salir a explicar, incómodo frente a una cámara de verdad, algo que llevaba años haciendo en silencio. "Yo no hice nada que otro no hubiera hecho en mi lugar", repitió varias veces, casi como si necesitara convencerse a sí mismo de que no había sido un acto extraordinario.
Los comentarios se llenaron de historias parecidas —farmacéuticos de otros barrios, dueños de colmados, choferes de motoconcho que también absorbían pequeñas diferencias sin decirlo nunca— y de gente que empezó a preguntar en sus propias farmacias si algo así también pasaba ahí, sin que nadie se los hubiera contado antes. Dentro del mismo sector, al menos tres farmacias distintas reportaron, en los días siguientes, clientes que llegaban a pagar por adelantado la diferencia de algún vecino que sabían que la estaba pasando mal, sin que ese vecino tuviera que enterarse ni pedirlo. Una señora del barrio, que nunca había hablado con Rogelio más allá de un saludo de pasillo, dejó doscientos pesos en el mostrador "para el próximo que le falte, como a Wilmer", sin dar más explicación.
Entre los comentarios apareció uno que Escarly no esperaba, publicado casi cuatro días después de que el video empezara a circular, cuando ella ya pensaba que la ola de atención había empezado a bajar. Un hombre que se identificó como antiguo colega de construcción de Wilmer escribió: "Ese señor de la farmacia no sabe lo que le debe a Wilmer. Yo estaba ahí cuando pasó lo del techo, hace como catorce años. Ese muchacho ni cobró un peso".
El video, los comentarios y la reacción viral de esta historia son ficticios. Lo que sí está documentado es que los actos de bondad grabados y compartidos en redes sociales generan, de forma comprobada, más actos de cooperación entre desconocidos — el fenómeno real que explica la nota anterior.
El techo que nadie mencionó en diecinueve años
Escarly le mostró el comentario a Rogelio esa misma noche, más por curiosidad que por otra cosa. Rogelio se quedó en silencio un buen rato, con el teléfono en la mano, releyendo la frase varias veces, antes de contarle algo que nunca había salido de su boca dentro de la farmacia.
Catorce años atrás, un huracán había arrancado buena parte del techo de la Farmacia San Rafael en una sola noche. Rogelio, recién había heredado el negocio de su padre enfermo, no tenía seguro contra desastres ni el dinero para una reparación completa, y durante casi dos semanas trabajó bajo plásticos azules amarrados con piolas y baldes repartidos entre los estantes de medicinas, moviéndolos de lugar cada vez que la lluvia cambiaba de dirección. Cotizó tres reparaciones distintas y ninguna se ajustaba ni de lejos a lo que tenía ahorrado.
Un sábado por la mañana, sin que nadie los hubiera llamado, una cuadrilla de construcción que reparaba techos por la zona se apareció con escaleras, láminas de zinc y un camión cargado de materiales. El maestro de obra que dirigía al grupo, un hombre joven que Rogelio apenas conocía de vista de haberlo visto trabajando en otras casas del barrio, le explicó que tenían material de sobra de otra obra cercana y que "un techo así no se puede dejar así, con las medicinas de todo el mundo mojándose ahí adentro". Trabajaron dos días completos, casi sin descansar, y cuando Rogelio insistió en pagarles algo, aunque fuera una parte, el maestro de obra se negó con una frase que Rogelio recordaría el resto de su vida sin saber bien por qué se le había quedado tan grabada: "Uno ayuda cuando puede, y usted todavía no ha podido abrir bien el negocio".
Rogelio nunca volvió a verlo en persona después de esa semana. Con los años, entre el ajetreo diario de la farmacia y los cambios constantes de personal en las obras del barrio, terminó por no recordar su rostro con claridad, ni su nombre completo, ni nada más allá del zinc nuevo brillando sobre su cabeza cada vez que llovía fuerte. Ese maestro de obra era Wilmer, catorce años más joven y sin la barriga ni las canas que tenía ahora.
Lo que quedó después
Cuando Rogelio finalmente le preguntó a Wilmer, un jueves cualquiera, si él había sido quien reparó el techo de la farmacia años atrás, Wilmer se quedó parado un momento con las cajas de medicinas ya en la mano, tratando de ubicar el recuerdo entre tantos otros techos parecidos de tantos otros años.
—Yo hice muchos techos esos años, don Rogelio —le dijo, después de pensarlo—. Pero si usted dice que fue por aquí, seguro fui yo. En esa época uno ayudaba donde podía, sin anotar nada.
Ninguno de los dos convirtió el momento en un gran acto público ni en una escena de abrazos frente a cámaras. Rogelio simplemente dejó de inventar excusas para ajustar el precio: le dijo a Wilmer, con toda franqueza, que desde ese día sus dos medicamentos tendrían precio fijo de costo en la farmacia, sin vueltas ni justificaciones falsas, mientras el negocio siguiera abierto. Wilmer, por primera vez en años, supo exactamente por qué pagaba lo que pagaba cada jueves.
Lo que sí cambió de forma más visible fue el propio local. Con ayuda de un grupo de vecinos que se organizó después de ver el video, la Farmacia San Rafael instaló en su caja registradora un pequeño programa de redondeola práctica de redondear el total de una compra hacia arriba y donar la diferencia, casi siempre unos pocos pesos, a un fondo común voluntario: quien quisiera podía redondear su compra hacia arriba, y esos centavos acumulados se destinaban a cubrir el gasto de bolsillola parte del costo de un medicamento o servicio médico que la persona paga directamente, sin que ningún seguro la cubra de otros clientes de la farmacia que, como Wilmer durante años, no lograban completar sus recetas. El propio Rogelio, junto a un contador voluntario del barrio, definió las reglas básicas: cualquier cliente frecuente de la farmacia podía pedir ayuda directamente en caja, sin tener que mostrar comprobantes de ingresos ni explicar su situación en detalle, y el descuento aplicado nunca superaba el treinta por ciento del total de la compra para que el fondo alcanzara para más gente. En los primeros dos meses, otras cuatro farmacias del sector adoptaron la misma idea, sin coordinarse entre ellas más que por lo que habían visto en el mismo video, y entre las cuatro llegaron a cubrir la diferencia de más de sesenta clientes distintos.
Escarly terminó su pasantía en la Farmacia San Rafael y hoy ayuda a administrar ese fondo, revisando qué clientes necesitan que se les complete la diferencia y sugiriendo, cuando el presupuesto del fondo lo permite, sustituir alguna receta por su versión de medicamento genéricola misma fórmula y dosis del medicamento original, fabricada por otro laboratorio una vez vence su patente, casi siempre a un precio considerablemente menor, para que el dinero rinda más entre más personas. Guarda, todavía, la libreta vieja de "ajustes" de don Rogelio en un cajón del mostrador, como un recordatorio de que el programa nuevo no inventó nada: solo le puso nombre a algo que ya existía.
Wilmer sigue llegando todos los jueves a las cinco de la tarde, todavía con el polvo de cemento en los brazos. Rogelio sigue detrás del mismo mostrador que heredó de su padre. Ninguno de los dos ha vuelto a mencionar el techo desde esa conversación, aunque Rogelio, cada vez que ve entrar a Wilmer por la puerta, no puede evitar mirar hacia arriba un segundo, hacia el techo que sigue en pie catorce años después.
Meses más tarde, cuando un periodista local volvió a buscar a Rogelio para una nota de seguimiento sobre el fondo de redondeo, le preguntó si consideraba que su historia con Wilmer había sido una casualidad extraordinaria. Rogelio lo pensó antes de responder, secándose las manos en el delantal de la farmacia.
—Yo creo que no fue casualidad —dijo—. Yo creo que en este barrio la gente lleva años ayudándose sin llevar cuenta de nada, y a veces esa cuenta, aunque nadie la anote en ningún lado, se termina de cobrar sola, muchos años después, sin que ninguno de los dos se lo esperara.
Wilmer, cuando le preguntaron lo mismo semanas después, en la puerta de una obra donde ahora dirigía a una cuadrilla más joven que él, se limitó a encogerse de hombros, casi con la misma frase de siempre. —Uno ayuda cuando puede —dijo—. Y a veces, sin saberlo, también le toca que lo ayuden a uno de vuelta.
Si el costo de tus medicinas te está costando más de lo que puedes pagar
No hace falta esperar a que un video se vuelva viral para pedir ayuda con el costo de un tratamiento. NeedyMeds es una organización sin fines de lucro que ofrece, de forma completamente gratuita y anónima, información sobre programas de asistencia para medicamentos en Estados Unidos: se puede consultar en needymeds.org o llamando al 1-800-503-6897, de lunes a viernes.
Esta es una historia dramatizada de ficción. Rogelio, Wilmer, Escarly y los hechos narrados aquí son personajes y sucesos inventados. Lo que sí es real, y sigue afectando a millones de personas hoy mismo, es la falta de apego a los tratamientos médicos por motivos de costo, la propagación comprobada de la cooperación entre desconocidos, y el recurso de ayuda citado arriba.







