El piano que no quería volver a tocar en una iglesia
¿Cuánto tiempo puede pasar antes de que Dios se canse de esperar a alguien que ya se cansó de sí mismo? Yo tardé ocho años en tener una respuesta, y me llegó de la forma que menos esperaba: por una llamada telefónica de una funeraria, un martes cualquiera, pidiéndome un favor que casi rechazo por orgullo.
El director de alabanza que robaba de la ofrenda
Durante doce años fui el pianista y director de alabanza de la Iglesia Renacer, en el sector de Villa Consuelo. Llegué ahí a los veinticinco, recién casado con Yolanda, sin saber tocar más que unos acordes básicos que había aprendido de oído en la casa de mi abuela. El pastor de entonces, don Anselmo, me dio la oportunidad de ensayar con el coro los domingos por la tarde, y con los años terminé al frente de todo el ministerio de alabanza, con mi nombre en el boletín dominical cada semana: "Ezequiel Paulino, director musical". Enseñaba a los muchachos nuevos a leer cifrado, organizaba los ensayos de los miércoles, y hasta compuse un par de coros que la congregación todavía cantaba en las fechas especiales.
Nadie en la congregación sabía que, desde hacía casi tres años, yo apostaba dinero que no tenía en máquinas tragamonedas y en partidos de béisbol que veía por internet a las tres de la madrugada, mientras Yolanda dormía pensando que yo estaba preparando los cantos de la semana siguiente. Empezó como algo pequeño, casi una broma con un compañero de trabajo que me invitó una noche a un casino cercano después de un evento de la empresa donde yo tocaba los fines de semana antes de dedicarme por completo a la iglesia. Gané esa primera noche, apenas unos pocos cientos de pesos, pero la sensación de esa ganancia fácil se me quedó grabada de una forma que no supe reconocer como peligrosa hasta mucho después. Terminó siendo la única cosa en la que pensaba entre canción y canción durante los ensayos del coro, revisando marcadores de partidos por debajo de la mesa mientras fingía anotar acordes en mi cuaderno de música.
Las grietas que nadie en la congregación llegó a ver
La primera vez que tomé dinero de la caja de la ofrendala colecta voluntaria de dinero que hace la congregación durante el servicio, generalmente destinada a sostener los gastos y ministerios de la iglesia fue para cubrir una deuda de apenas dos mil pesos, con la intención clara de reponerlo la semana siguiente con mi propio sueldo. Lo repuse, en efecto. Pero la sensación de haberlo resuelto sin que nadie se enterara me enseñó algo peligroso: que podía sostener dos vidas completamente distintas al mismo tiempo, una frente al altar y otra frente a la pantalla de apuestas, sin que ninguna de las dos personas que era supiera del todo de la otra.
Con el tiempo, las cantidades crecieron y los reembolsos se volvieron cada vez menos frecuentes. Llegué a un punto en que ya no apostaba para ganar dinero extra, sino para intentar recuperar, en una sola noche, todo lo que ya había perdido durante meses, una lógica que en su momento me parecía perfectamente razonable y que hoy, contada en voz alta, suena tan absurda como en realidad era. Cada vez que me subía a la tarima el domingo, con las manos sobre las teclas y la congregación cantando con los ojos cerrados, sentía un peso específico en el pecho que aprendí a esconder detrás de una sonrisa entrenada, la misma sonrisa que había perfeccionado durante años de estar frente a la gente. Yolanda notaba que algo andaba mal —menos dinero del que debería haber, más ansiedad de la que yo podía justificar, noches enteras en las que yo decía estar "orando" encerrado en el estudio con la puerta cerrada—, pero cada vez que preguntaba, yo tenía una excusa lista, casi tan ensayada como cualquiera de mis arreglos musicales. Le hablaba de gastos imprevistos de la iglesia, de instrumentos que había que reparar, de préstamos a hermanos de la congregación que atravesaban dificultades. Ella, con la confianza de doce años de matrimonio, me creía sin cuestionar demasiado.
La caída frente a toda la iglesia
Todo se derrumbó un domingo de noviembre, ocho años atrás. Rosalba, la tesorera de la iglesia desde hacía veinte años, había empezado a notar diferencias pequeñas pero constantes entre lo contado en el conteo de ofrenda de los domingos y lo depositado después en el banco. Durante tres semanas guardó silencio, dudando de su propia memoria antes de dudar de mí. La cuarta semana, decidió marcar discretamente algunos billetes de la ofrenda antes de guardarlos.
Me encontraron con dos de esos billetes marcados en la cartera, un lunes por la mañana, en la oficina pastoral. No hubo forma de explicarlo ni de negociar una salida digna. El pastor Anselmo, con la voz quebrada más de tristeza que de rabia, me pidió que entregara las llaves del salón de ensayo esa misma tarde. Recuerdo el sonido exacto de esas llaves cayendo sobre el escritorio de madera, un sonido pequeño que sin embargo se sintió como el final de todo lo que había construido en doce años. La noticia corrió por toda la congregación en cuestión de días, con versiones cada vez más exageradas de lo que realmente había pasado: algunos decían que había robado miles de dólares, otros que llevaba años planeándolo con complicidad de alguien más dentro de la iglesia. Ninguna versión necesitaba ser exacta para destruir lo que quedaba de mi reputación.
Yolanda se enteró por una vecina, antes de que yo encontrara el valor de contárselo yo mismo. Esa noche, sentada frente a mí en la cocina de nuestra casa, no gritó ni lloró como yo esperaba. Solo me preguntó, con una calma que me dolió más que cualquier grito: "¿Por cuánto tiempo he estado viviendo con un extraño?". No se fue de la casa, pero durante meses dormimos en habitaciones separadas, y dejamos de hablar de cualquier cosa que no fuera estrictamente necesaria para sostener la rutina diaria.
Dejé la Iglesia Renacer esa misma semana. No solo esa iglesia: dejé de pisar cualquier templo, de cualquier denominación, en cualquier parte de la ciudad. Le dije a Yolanda, y me lo repetí a mí mismo tantas veces que llegué a creérmelo del todo, que un lugar así ya no era para alguien como yo. Empecé a afinar pianos por encargo y a tocar los fines de semana en un par de bares del centro, ganando lo suficiente para sobrevivir, pero jurándome que jamás volvería a sentarme frente a un teclado dentro de una iglesia.
Los ocho años que siguieron fueron, en la superficie, años tranquilos. Pagué poco a poco lo que debía en apuestas, dejé de jugar casi por completo —aunque "casi" es una palabra que hoy reconozco como peligrosa—, y construí una rutina estable alrededor de mi trabajo de afinador. Pero por dentro cargaba una convicción silenciosa que nunca verbalicé del todo: la de que había gastado ya toda la gracia que alguna vez me correspondió, y que cualquier intento de acercarme de nuevo a una congregación sería, en el mejor de los casos, hipocresía, y en el peor, una nueva oportunidad para decepcionar a alguien que confiara en mí. Evitaba cualquier conversación sobre fe con mis clientes, cambiaba de tema cuando algún viejo conocido de la Iglesia Renacer me reconocía en la calle, y dejé, casi sin darme cuenta, de orar del todo, no por rebeldía sino por la sensación de no tener ya ningún derecho a hacerlo.
La llamada que rompió ocho años de exilio
Ocho años después, un martes de agosto, recibí una llamada de la funeraria San Miguel, con la que había trabajado un par de veces afinando el órgano de su capilla. El pianista que tenían contratado para el servicio fúnebre de esa tarde había sufrido un accidente de tránsito esa misma mañana —nada grave, pero suficiente para dejarlo en el hospital sin poder tocar— y necesitaban a alguien de emergencia, con conocimiento de himnos, en menos de tres horas.
Cuando mencionaron que el servicio sería en la Capilla Getsemaní, una iglesia pequeña que yo no conocía, del otro extremo de la ciudad, estuve a punto de inventar una excusa para rechazar el trabajo. El dinero que ofrecían, sin embargo, era exactamente lo que me faltaba esa semana para completar el alquiler, y Yolanda, sin saber el peso real de lo que me estaba pidiendo, me insistió que lo tomara. "Es un funeral, Ezequiel, no un culto de alabanza. Nadie te va a pedir que dirijas nada."
Llegué a la capilla con el estómago revuelto, convencido de que en cualquier momento alguien me reconocería y me señalaría frente a los deudos. El local era pequeño, con sillas plegables en vez de bancas fijas, y un piano vertical algo desafinado en la esquina izquierda del altar que reconocí de inmediato como el mismo modelo que había afinado años atrás en otra capilla del mismo barrio. Nadie ahí me reconoció. Nadie ahí sabía nada de la Iglesia Renacer, de Rosalba, de los billetes marcados ni de los doce años que había pasado al frente de un ministerio que había traicionado. Para todos los presentes, yo era simplemente el pianista de emergencia, contratado por la funeraria, y me trataron con la cordialidad distante que se le ofrece a cualquier trabajador contratado para un servicio triste.
El pastor que oficiaba el servicio, un hombre mayor que tampoco me conocía de nada, subió al púlpito y anunció el pasaje que había escogido para la reflexión: el libro de Joel, capítulo dos, versículo veinticinco. "Y os restituirédevolveré o compensaré algo que se perdió, en este caso usado en sentido bíblico para hablar de recuperar tiempo o bendición que una etapa difícil de la vida se llevó los años que comió la oruga". Habló durante casi diez minutos sobre la promesa de que Dios puede devolver, con el tiempo, lo que una temporada de destrucción se llevó, sin que la persona tenga que ganárselo primero con una vida perfecta. No hablaba de mí. No tenía forma de saber nada de mi historia. Pero sentí, sentado frente a ese piano prestado, que cada palabra estaba dirigida exactamente a mí.
Al terminar el servicio, una mujer mayor se acercó al piano, mientras yo guardaba mis partituras, y me dijo simplemente: "Tocas como alguien que conoce el dolor de verdad, no solo las notas". No sabía nada de mí. No hacía falta que lo supiera.
Lo que quedó después de esa tarde
No volví a la Capilla Getsemaní esa misma semana. Me tomó casi un mes reunir el valor para presentarme un domingo cualquiera, sentarme en la última fila, sin decirle a nadie quién había sido antes ni qué ministerio había dirigido en otra parte de la ciudad. Escuché el servicio completo sin acercarme al piano ni una sola vez, con la vista fija en el suelo cada vez que el pastor hacía contacto visual con la congregación, esperando sin saberlo una señal de que aquello no era, después de todo, un lugar para mí. La señal nunca llegó. Regresé la semana siguiente. Y la que siguió después.
Le conté toda la verdad al pastor de esa capilla casi tres meses después, en su oficina, con las manos temblando de la misma forma en que temblaban aquel lunes en la oficina de don Anselmo, ocho años atrás. Esperaba una reacción parecida a la de entonces: la voz quebrada, la petición de no volver, quizás hasta una llamada a las autoridades si decidía indagar más. En cambio, el pastor me escuchó completo, sin interrumpirme ni una sola vez, y al final solo me preguntó si había buscado ayuda profesional para el juego, no solo perdón espiritual para lo que había robado. Nunca lo había hecho. Esa misma semana llamé, por primera vez en mi vida, a la línea nacional de ayuda para el juego compulsivo.
Le conté también toda la verdad a Yolanda, con el mismo detalle con el que se la había ocultado durante años, incluyendo partes que nunca antes me había atrevido a decir en voz alta: las noches enteras apostando mientras ella dormía, el dinero exacto que había tomado de la ofrenda, el alivio enfermizo que sentía cada vez que ganaba una apuesta pequeña. No fue una conversación de una sola noche ni una reconciliación instantánea. Tomó terapia de pareja, meses de preguntas repetidas y respuestas pacientes, y la decisión diaria de ella de quedarse a pesar de tener motivos de sobra para no hacerlo. Hubo semanas en las que Yolanda necesitaba revisar mis cuentas bancarias sin avisarme, y yo tuve que aprender a no tomarlo como desconfianza, sino como una herida todavía abierta que merecía tiempo, no defensas.
En el grupo de apoyoreunión periódica entre personas que comparten una misma adicción o dificultad, donde se acompañan mutuamente en el proceso de recuperación sin la guía de un terapeuta profesional al que empecé a asistir cada martes por la noche, conocí a otros hombres que cargaban versiones distintas de la misma historia: un mecánico que había perdido su taller entero en una sola temporada de apuestas deportivas, un maestro de escuela que ocultaba su adicción desde hacía quince años sin que su esposa lo supiera. Escucharlos hablar sin juzgarme, y sin que yo tuviera que fingir ser mejor de lo que era, terminó siendo tan sanador como cualquier sermón que escuché en la Capilla Getsemaní.
Hoy, dos años después de aquella tarde en la Capilla Getsemaní, vuelvo a tocar piano en un servicio dominical, aunque no dirijo nada ni tengo mi nombre impreso en ningún boletín. Prefiero que sea así. Rosalba, la tesorera que descubrió los billetes marcados hace ocho años, sigue viviendo en el mismo barrio que la Iglesia Renacer; nunca hemos vuelto a hablar desde entonces, y no sé si algún día lo haremos. Pero cada domingo, antes de tocar la primera nota, todavía pienso en aquel pasaje de Joel, y en la promesa extraña de que algunas cosas perdidas sí regresan, aunque nunca de la forma en que uno las imaginó perder.
Señales que ahora sé identificar
- Cuando alguien empieza a tener "gastos que no cuadran" de forma constante y siempre tiene una explicación distinta lista de inmediato, vale la pena preguntar dos veces, no una.
- La vergüenza silenciosa —esconder algo no porque nadie pregunte, sino precisamente para que nadie llegue a preguntar— es casi siempre la primera señal de una adicción que ya tomó el control, mucho antes que cualquier consecuencia visible.
- Alejarse por completo de la fe después de una caída grave no es un acto de humildad, aunque en el momento se sienta así: casi siempre es vergüenza disfrazada de respeto, y termina aislando exactamente de la comunidad que más ayuda podría ofrecer.
- Pedir ayuda profesional para una adicción y buscar perdón espiritual no son caminos opuestos ni sustitutos entre sí: yo necesité los dos al mismo tiempo, no uno después del otro.
- La restauración casi nunca llega en la forma en que uno la pide en oración. Yo pedí, durante años, una señal clara de que Dios seguía ahí. Me llegó disfrazada de una llamada de una funeraria pidiéndome un favor urgente.
- El perdón de otra persona hacia uno, cuando por fin llega, casi nunca se parece al perdón instantáneo y limpio que se ve en las películas: el de Yolanda tomó meses, terapia, y la decisión diaria de quedarse, no un solo momento de gracia.
Esta es una historia dramatizada de ficción. Ezequiel, Yolanda, Rosalba y los hechos narrados aquí son personajes y sucesos inventados, pero la ludopatía como trastorno clínico documentado, sus efectos sobre la familia, y los beneficios médicos del perdón citados en estas notas sí están respaldados por investigación real.
Si el juego se ha vuelto un problema para ti o para alguien que conoces, la Línea Nacional de Ayuda para el Juego Problemático (National Problem Gambling Helpline) ofrece apoyo gratuito, confidencial y disponible 24/7 en el 1-800-522-4700, o por chat en ncpgambling.org/chat.







