Los pasajeros del vuelo 702 comenzaron a llegar antes del despegue

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Los pasajeros del vuelo 702 comenzaron a llegar antes del despegue

El primer ataúd llegó al aeropuerto cuarenta y ocho horas antes de que el avión desapareciera.

Nadie entendió cómo había entrado al hangar de carga sin registros, sin cámaras y sin personal autorizado. Apareció durante la madrugada, perfectamente alineado junto a los contenedores de equipaje internacional, cubierto con plástico negro y una etiqueta de embarque adherida al costado.

Destino: Madrid.
Vuelo: AR-702.
Estado del pasajero: Fallecido.

Los trabajadores pensaron que pertenecía a algún traslado funerario mal etiquetado hasta que uno de ellos leyó el nombre.

El ataúd tenía la identificación de un hombre llamado Esteban Orduña.

El problema era que Esteban Orduña todavía seguía vivo.

Y estaba programado para abordar el vuelo AR-702 dos días después.

El supervisor del aeropuerto intentó localizarlo creyendo que se trataba de una amenaza o una broma enfermiza. Sin embargo, cuando finalmente consiguió comunicarse con él, la llamada se volvió todavía más perturbadora.

Porque Esteban respondió desde el mismo aeropuerto.

Estaba allí.

Mirando el ataúd con su propio nombre.

Los agentes de seguridad encontraron al hombre completamente pálido, incapaz de apartar la vista de la caja negra. Juraba no conocer a nadie capaz de hacer algo así. Era profesor universitario, divorciado, sin enemigos aparentes. Lo extraño era que, mientras intentaban retirarlo del área restringida, Esteban comenzó a insistir en algo absurdo.

Decía que el ataúd ya estaba abierto cuando él llegó.

Y que había alguien adentro observándolo.

Los empleados revisaron inmediatamente.

El interior estaba vacío.

Pero las fotografías tomadas por el personal de seguridad mostraban algo distinto.

En tres imágenes consecutivas podía verse claramente una silueta humana dentro del ataúd. Una figura inmóvil, desenfocada, con el rostro cubierto por sombras densas. En la cuarta fotografía ya no había nadie.

Esa misma noche, las imágenes desaparecieron del sistema interno del aeropuerto.

Todas menos una.

La última fotografía seguía guardada en la carpeta de archivos temporales de una analista de vigilancia llamada Clara Véliz. Tenía treinta y cuatro años, trabajaba revisando patrones de seguridad aérea y había desarrollado una obsesión silenciosa por detectar anomalías imposibles. Durante años encontró errores en cámaras antes que los propios técnicos. Rostros repetidos en distintos vuelos. Personas caminando en direcciones incompatibles con la arquitectura del aeropuerto. Reflejos sin dueño.

Pero nunca había visto algo como aquello.

Amplió la imagen varias veces.

La silueta dentro del ataúd tenía los ojos abiertos.

Y estaba sonriendo.

Clara no informó inmediatamente lo que encontró. Algo en esa expresión le provocó un miedo irracional difícil de explicar. En lugar de enviar el reporte, imprimió la fotografía y se la llevó a casa. Pasó horas observándola sobre la mesa de la cocina mientras afuera comenzaba una tormenta violenta que hacía vibrar las ventanas del apartamento.

A las 3:12 de la madrugada recibió una llamada desde un número desconocido.

Al responder, nadie habló.

Solo se escuchaba un ruido constante.

Motores.

Y luego una voz masculina extremadamente baja.

—No dejen despegar el vuelo.

La llamada terminó con un sonido metálico parecido al cierre de un cinturón de seguridad.

Clara apenas durmió esa noche.

A la mañana siguiente descubrió que el ataúd había desaparecido del hangar sin registros de salida. Ninguna cámara captó quién lo retiró. Ninguna puerta fue abierta. Ningún empleado lo movió. Era como si simplemente hubiera dejado de existir.

Pero lo verdaderamente imposible ocurrió dos horas después.

La aerolínea comenzó a recibir llamadas de familiares preguntando por pasajeros del vuelo 702.

Pasajeros que todavía no habían abordado.

Algunas personas aseguraban haber recibido mensajes de despedida enviados desde el aire. Otras afirmaban que sus familiares habían llamado llorando desde el avión diciendo que algo estaba mal dentro de la cabina. Una mujer incluso llegó histérica al aeropuerto diciendo que su esposo le había enviado una fotografía desde el asiento 18A.

La imagen mostraba las máscaras de oxígeno desplegadas.

Y todas las ventanas completamente negras.

El problema era que el vuelo aún no había despegado.

Clara revisó el archivo original enviado por la mujer.

Los metadatos indicaban que la fotografía había sido tomada exactamente diecisiete horas en el futuro.

Las autoridades intentaron silenciar el incidente rápidamente. Confiscaron dispositivos, bloquearon información y obligaron al personal a firmar acuerdos de confidencialidad. Oficialmente, todo se trataba de una “interferencia digital masiva”. Pero mientras más intentaban ocultarlo, más anomalías aparecían.

Una empleada del duty free aseguró haber visto pasajeros mojados caminando por la terminal aunque afuera no llovía.

Un niño comenzó a gritar señalando la pista vacía.

—El avión ya se cayó.

Después empezó a llorar desconsoladamente.

Esa tarde apareció el segundo ataúd.

Luego el tercero.

Luego cinco más.

Todos con nombres de pasajeros del vuelo AR-702.

Todos vacíos.

Todos húmedos por dentro, como si hubieran permanecido sumergidos en agua durante días.

La noticia terminó filtrándose a internet.

El miedo explotó inmediatamente.

Cientos de pasajeros cancelaron sus vuelos, pero algo extraño comenzó a ocurrir con quienes intentaban abandonar la lista de embarque. Las reservas reaparecían automáticamente horas después. Algunos recibían nuevos boletos impresos en sus casas sin haberlos solicitado. Otros encontraban pases de abordar dentro de bolsillos que juraban no haber usado.

Y todos tenían el mismo asiento asignado que aparecía originalmente.

Como si algo insistiera en mantener intacto el vuelo.

Clara empezó a investigar los registros históricos de la aeronave asignada al AR-702.

El modelo tenía más de veinte años.

Y había estado involucrado en un incidente clasificado ocurrido en 2003 sobre el océano Atlántico.

La información oficial describía “fallas severas de comunicación durante nueve minutos”.

Pero los archivos internos filtrados contaban algo diferente.

Durante esos nueve minutos, la torre de control recibió dos versiones del mismo vuelo simultáneamente.

Una transmisión provenía de la aeronave real.

La otra provenía de una señal idéntica emitida desde coordenadas inexistentes sobre el océano.

Y en la segunda transmisión todos los pasajeros estaban muertos.

Clara sintió el estómago helarse mientras leía el reporte oculto.

Porque la grabación de audio adjunta incluía una frase repetida decenas de veces por el piloto antes de perder contacto.

—Hay otro avión volando junto a nosotros.

La noche anterior al despegue oficial del AR-702, las cámaras del aeropuerto comenzaron a fallar masivamente.

Pantallas negras.

Interferencias.

Sombras moviéndose entre los pasillos.

En varias grabaciones aparecían pasajeros sentados en zonas vacías mirando fijamente hacia las cámaras. Permanecían inmóviles durante horas… hasta que el sistema sufría distorsión visual.

Y desaparecían.

A las 2:44 de la madrugada, Clara recibió acceso anónimo a un archivo oculto dentro del servidor de vigilancia.

El nombre del archivo era:

“MANIFIESTO FINAL”.

Temblando, abrió el documento.

Era la lista completa de pasajeros del vuelo 702.

Todos aparecían marcados como fallecidos.

Hora de muerte: 6:17 AM.

Pero el vuelo estaba programado para despegar a las 8:40.

Clara comenzó a sentir que algo no encajaba en la cronología misma de los eventos. Era como si el accidente ya hubiera ocurrido en algún lugar imposible… y la realidad estuviera intentando alcanzarlo lentamente.

Entonces vio su propio nombre en la lista.

Asiento 14C.

Ella jamás había comprado un boleto.

El aire desapareció de sus pulmones.

Revisó compulsivamente los registros de seguridad buscando alguna explicación racional hasta que encontró algo peor.

A las 1:09 AM, una cámara del estacionamiento la había grabado entrando al aeropuerto.

Pero Clara nunca estuvo allí a esa hora.

La mujer del video caminaba lentamente bajo la lluvia, cargando una maleta negra. Tenía la misma ropa. El mismo rostro. El mismo modo nervioso de tocarse las manos.

Y mientras avanzaba hacia la terminal, levantó la mirada directamente hacia la cámara.

Sonrió.

Y dijo algo que no tenía audio… aunque Clara pudo leer perfectamente sus labios.

“Ya despegamos.”

Las siguientes horas comenzaron a sentirse irreales.

Los monitores del aeropuerto empezaron a mostrar puertas equivocadas. Algunos pasajeros escuchaban sus nombres por altavoces que no estaban encendidos. Otros afirmaban haber visto versiones de sí mismos caminando entre la multitud antes de desaparecer al doblar esquinas vacías.

Un hombre intentó abandonar el aeropuerto en taxi.

Diez minutos después regresó caminando por el mismo pasillo del que había salido.

Empapado.

Confundido.

Jurando que todas las carreteras lo llevaban nuevamente a la terminal.

Y entonces apareció el avión.

No en la pista.

En las pantallas.

Todas las televisiones del aeropuerto cambiaron simultáneamente a una cámara fija mostrando el interior del vuelo AR-702.

Luces de emergencia rojas.

Máscaras colgando.

Asientos vacíos.

Y una respiración colectiva sonando desde los parlantes.

La transmisión parecía emitirse desde dentro del avión… pero el avión todavía seguía estacionado afuera.

Los pasajeros comenzaron a reconocer objetos propios en la grabación. Mochilas. Abrigos. Teléfonos. Algunos incluso se vieron a sí mismos sentados inmóviles, con la cabeza inclinada hacia un costado.

Como cadáveres esperando el impacto.

Entonces una azafata apareció lentamente en pantalla.

El uniforme estaba cubierto de agua oscura.

Y habló mirando directamente a cámara.

—Si están viendo esto… ya es demasiado tarde para aterrizar.

Detrás de ella, uno de los pasajeros levantó lentamente la cabeza.

Era Esteban Orduña.

Tenía los ojos completamente negros.

Y estaba sonriendo exactamente igual que la figura dentro del ataúd.


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